jueves, 15 de noviembre de 2012

Capítulo Veintidós: EL PASO DE WHANIA RUM (Parte 1)



((PRIMERA PARTE DE ESTE CAPÍTULO. VOY A TENER QUE IR HACIÉNDOLOS MÁS CORTOS, PUES A LA QUE PASO DE VEINTIPICO PÁGINAS, TENGO QUE PARTIRLOS...))

Estamos llegando al otro extremo —le comunicó Naler.
—Entendido. Ajustaré el filtro de la carlinga para compensar la luminosidad de los dos soles. Vian’har está ahora en la Estación de la Luz, ¿no? —Tecleó las órdenes en su consola y el cristal se oscureció.
—Sí, en efecto. No se hace de noche durante meses. El planeta se encuentra en este momento entre las dos estrellas. Se debe estar registrando un rosario de pequeños temblores en todo el mundo, por la interacción gravitatoria a la que está sometido.
—¿Y es seguro? Quiero decir que, con tanto terremoto, ¿no hay problemas?
—En absoluto. Vian’har es un planeta geológicamente muy estable. Hay un continente y un vasto archipiélago. Pero la corteza es gruesa y sólo está compuesta por seis enormes placas tectónicas, así que las fricciones entre ellas son suaves. El núcleo es mayor que el de la Tierra, según los datos que tengo de ella, pero es ligeramente más frío. Nuestro planeta es más antiguo que el vuestro. Hace algunos millones de años había casi mil volcanes activos, la mayoría bajo el mar. Hoy quedan menos de doscientos.
—Tengo una duda. Si Viráh, la estrella amarilla, y todo su sistema planetario son más viejos que el Sistema Solar de la Tierra, ¿cómo es posible que a la vez exista Merak, la semigigante azul? Por lo que yo sé de astrofísica, las estrellas más grandes “viven” menos que las pequeñas. Debería haber colapsado hace miles de millones de años...

La nave atravesó en aquel momento el horizonte del anillo de destino, regresando al espacio normal. Pudieron ver el hermoso espectáculo del planeta completamente iluminado por las dos estrellas, la amarilla a la izquierda y la lejana azul a la derecha. El dispositivo de transporte que conectaba la Colonia con Vian’har orbitaba a doscientos mil kilómetros de altitud, por lo que se exhibía ante sus ojos una vista espectacular del mundo azul rodeado de grandes nubes blancas. No poseía casquetes polares a causa de su inclinación respecto al plano orbital. El ángulo era de casi noventa grados, es decir, el planeta estaba tumbado y parecía rodar a lo largo de su ruta de traslación. Al contrario que en la Tierra, el ecuador era el lugar más frío de forma estacional, dependiendo de en qué punto de la órbita se encontrase el planeta.

El único satélite, Anilam, giraba con treinta y seis grados menos de inclinación que Vian’har, a medio millón de kilómetros de éste. Era algo mayor que la Luna, pero de color gris azulado. En su áspera y estéril superficie podían entreverse las luces de varias ciudades construidas en el último siglo, al amparo de las antiguas instalaciones industriales y defensivas de los Amos. Se habían descubierto enormes depósitos de gases en la corteza que, quizá algún día, podrían servir para dotar a aquella luna de atmósfera, aunque su baja gravedad comprometía dicho proyecto.

—Se ha discutido mucho acerca de eso —explicó Naler—. La teoría más aceptada por nuestros urisén, contempla que en algún momento de hace unos trescientos millones de años se produjo en esta región una colisión entre dos sistemas solares. Uno de ellos se echó encima del otro por causas desconocidas. No es nada fácil mover una estrella de su posición. Por tanto, tuvo que ocurrir algo de proporciones cataclísmicas para ocasionar algo así. No sabemos a ciencia cierta cuál de los dos sistemas colisionó con el otro.
“Pero el hecho de que Viráh sea mucho más antigua que Merak, que gire alrededor de ésta y la presencia de Rakul, Telun y Fiora, los tres planetas gigantes gaseosos, en las últimas órbitas, nos llevan a pensar que fue Merak la que invadió nuestro sistema—. Maniobró la nave para rodear el planeta y tener el camino despejado hacia el Sistema Yun Thal.
—Yo también creo que fue así—razonó ella tras unos instantes de reflexión—. Merak es una estrella demasiado joven como para haber tenido tiempo de formar planetas propios, por lo que no creo que los tres mundos gaseosos exteriores fuesen originalmente suyos. Además creo que hay que tener en cuenta la enorme distancia que los separa del centro del sistema. Si existe algún fenómeno cósmico lo bastante salvaje como para arrancar a una estrella como Merak de su posición original, no cabe ninguna duda que destruiría o, como poco, barrería cualquier planeta que orbitase esa estrella. Por tanto, estoy segura de que el Sistema Vian’har original pertenecía a la pequeña Viráh.
—Pensamos que Merak atacó en una línea muy oblicua y a una velocidad relativamente baja, porque sino, dada su gran masa, no se hubiese integrado en el sistema. Seguramente habría destruido una gran parte de éste y habría seguido su camino. O lo habría arrastrado tras de sí. Hay otro dato. Cada cien millones de años, los planetas se alinean. Si Merak realizó su incursión entonces, y si lo hizo con el ángulo adecuado, la fuerza gravitatoria conjunta de todos los planetas, sumada a la de Viráh, debió frenar a la estrella forastera lo suficiente como para detener su rumbo de deriva, atrapándola. La interacción gravitatoria de los sistemas circundantes hizo el resto y las dos estrellas se consolidaron en  la posición actual. Aunque como Merak es mucho más masiva que Viráh, ésta perdió su posición central en el sistema y fue obligada a orbitar a la estrella mayor.
—Pero un choque de esa magnitud debió tener consecuencias importantes en el resto del sistema.
—Desde luego. Analizando las distancias y las órbitas de todos los planetas, creemos que Merak destruyó al menos dos mundos. Puede que tres. Provocó asimismo la inclinación actual de Vian’har y las alteraciones orbitales en los demás planetas, sobretodo la de Sati’u, el tercer cuerpo que gira alrededor de Viráh. Su órbita se alarga hasta casi tocar el denso anillo gaseoso que rodea a la semigigante azul. Parece ser que Rakul, Telun y Fiora fueron empujados a órbitas más lejanas. Y estamos casi seguros de que Tem, el mundo abrasado que gira sobre Merak a tan corta distancia, es una antigua luna de uno de los planetas destruidos. Su órbita no es estable en absoluto. El planeta sufre una continua y notable fricción con la cromosfera de la estrella. No tiene una trayectoria elíptica, sino que describe una espiral descendente. Calculamos que no tardará ni diez millones de años en precipitarse sobre Merak.
“De lo que no estamos tan seguros es del origen del anillo de gas. ¿Sabes qué nombre tiene?—Se giró y la miró divertido a los ojos.
—Sí. Lo llamáis Anillo de Jum, ¿no?
—Veo que has estudiado nuestro sistema. —Se le veía complacido.
—Yo tengo una teoría para la existencia de Jum. ¿Quieres oírla? —Le sonrió dulcemente, aunque en sus ojos destellaba un cierto desafío.
—Por supuesto que sí —respondió él con evidente curiosidad.

Ella se acomodó en el asiento y se arregló la parte frontal del traje de vuelo, que cubría su pecho y su vientre. Estaba perdiendo el tiempo intencionadamente, para tratar de crear un poco de suspense. Naler estaba a punto de decirle que hablase de una vez. Pero no le dio tiempo. Sonrió y empezó a explicar su punto de vista.

—Creo que los planetas que Merak destrozó podían ser gigantes gaseosos. Y muy grandes. Del tamaño de Júpiter o Saturno. Puede que incluso mayores.
—Esos dos son los astros más grandes de vuestro Sistema Solar, ¿no es cierto? —Preguntó el joven.
—En efecto —contestó ella, ligeramente sorprendida. —Veo que no soy la única que estudia los mundos de los demás...
—Continúa, por favor.
—Júpiter es unas mil veces mayor que la Tierra, que, como sabes, tiene un tamaño similar a tu planeta. Rakul, Telun y Fiora son gigantes gaseosos pequeños. Son entre nueve y veinte veces mayores que Vian’har. Como también sabrás, en nuestro antiguo sistema hay otros dos planetas gaseosos, Urano y Neptuno, de un tamaño notablemente inferior al de Júpiter.
—Sí, lo sé. —Ella lo notó muy interesado. Así que siguió complaciendo su curiosidad.
—Todo apunta a que el primitivo sistema de Viráh y el del Sol se parecían bastante, creo yo. Así que, teniendo en cuenta la distancia entre las dos estrellas, es posible que Merak destruyera los planetas más grandes. Eso justificaría, a mi modo de ver, la existencia del anillo Jum. Si aquellos planetas se parecían a Júpiter, debían ser poco más que una enorme burbuja de gas sin un núcleo sólido. Como mucho debían poseer un profundo océano de gas licuado por la presión.
“Al no ser mundos sólidos, el choque de fuerzas debió desintegrarlos rápidamente, antes de poder acercarse a la estrella lo suficiente como para que ésta absorbiese el gas que los formaba. El viento solar de Merak mantenía los vapores alejados de ella, contrarrestando así a su propia gravedad. Si hubiesen sido planetas rocosos, habrían soportado las fuerzas de marea más tiempo y habrían acabado estrellándose contra la estrella azul. Y hoy no quedaría ningún testimonio de su existencia. De hecho, si fueron tres los planetas afectados, me inclino a pensar que el tercero quizá era del tamaño de Rakul, por lo que Tem no sería una luna, sino el núcleo sólido de éste tercer cuerpo.
—Es un buen razonamiento —concedió él, sorprendido—. A ver si puedes explicar por qué Jum no se disipa en el espacio —la desafió sonriente.
—Debería, porque el viento solar y la presión de luz de Merak son bastante intensos, como corresponde a una estrella de su tamaño...

Puso cara de concentración, mientras jugueteaba con un mechón de su oscura cabellera.

—Sólo le encuentro una explicación—dijo de repente. Naler pudo ver la viva inteligencia que brillaba en sus ojos de ébano.
—¿Y es...? —Estaba impaciente.
—Verás —contestó ella tras una pequeña pausa—, tal y como yo lo veo, hay tres causas relacionadas entre sí. Una: Jum es una formación joven, muy aplanada y extensa y su borde interior no está especialmente cerca de Merak. Dos: Tem es un planeta relativamente grande que gira muy rápido. Completa una revolución alrededor de la semigigante azul cada cinco días. Es posible que su gravedad contrarreste en parte la acción del viento estelar, como si pastorease el anillo. Y tres: Viráh orbita a Merak cada cuatro años, a una media de ochocientos millones de kilómetros. Su propio viento solar debe empujar a Jum hacia dentro, hacia la estrella azul, provocando un efecto de contención.

Naler no dijo nada. Se limitó a mirarla con orgullo.

—Ahí tienes mi teoría —prosiguió ella—. Me apoyo también en el hecho de que el disco de gas es más grueso y denso en los extremos que en el centro, como si estuviese sufriendo un choque de fuerzas contrarias y esto provocase una acumulación de materia en los bordes. Creo que Jum acabará dispersándose en el espacio, sin duda, pero el proceso se ve ralentizado por esas tres causas principalmente. En condiciones normales seguro que ya habría desaparecido hace millones de años. —Calló un momento, a la espera de la opinión del joven—. ¿Qué te parece?

Él se mantuvo en silencio. Pero en sus ojos se podía ver una enorme satisfacción y una gran admiración. Poco a poco se formó una sonrisa en sus labios.

—Estoy realmente impresionado—dijo, por fin—. Hace apenas cuarenta años que se discutió la existencia del anillo de Jum en la Belorén, el equivalente de vuestras universidades. Sería como la Universidad de universidades, de hecho. Los investigadores tardaron meses en ponerse de acuerdo. Y tú has llegado a la misma conclusión que ellos en unos minutos. —Entrecerró los ojos con suspicacia, hasta que sólo fueron dos estrechas ranuras en el rostro—. ¿No habrás hecho trampa, no? Mira que como me estés tomando el pelo...
—No he hecho trampa, te doy mi palabra. Pero no lo he solucionado en unos minutos, como tú crees. Hace tiempo que me intriga la peculiar mecánica celeste de tu sistema solar. Cada vez que me he acordado he especulado acerca de él. Hoy sólo te he explicado la conclusión a la que he llegado con el tiempo. Aunque debo reconocer que tengo una ventaja sobre vuestros Urisén.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si me permites la pregunta?
—El Sistema Solar de la Tierra. Vuestros investigadores no tenían con qué comparar. Yo tengo a Júpiter y a Saturno.
—Chica lista... —Sonrió y se concentró de nuevo en los mandos.

Comprobó los datos de navegación. Estaban a punto de salir de detrás del planeta. El camino estaba despejado hasta Yun Thal.

—En unos minutos iniciaremos el salto.

Ella no contestó. Se limitó a emitir un sonido afirmativo con los labios cerrados y miró hacia el planeta.

Vian’har era un mundo precioso. El mar destellaba allá abajo como una joya, iluminado por la estrella mayor. Un precioso muestrario de azules profundos y turquesas brillantes, enmarcados por las nubes blancas y sus sombras. El continente, estrecho y alargado, se extendía casi de polo a polo. En aquel momento la masa de tierra se encontraba al otro lado del planeta, por lo que Mónica podía ver un inmenso océano sin fin, salpicado por millares de islas de todos los tamaños. Si no conociese aquel mundo, hubiese pensado que su superficie estaba formada enteramente por agua.

Naler podía sentir la admiración que el planeta despertaba en su compañera, pero también la nostalgia que la oprimía.

—La Tierra era muy parecida a tu mundo—susurró con tristeza.
—Debía ser un planeta precioso.
—Yo ni siquiera llegué a conocerla. Cuando mi madre nació era un páramo estéril y abrasado por el que corrían mares de lava. La atmósfera era un infierno ácido que aumentaba su presión cada año. Y los océanos, antaño llenos de vida, se habían convertido en un caldo cenagoso que en el ecuador llegaba incluso a hervir. El mundo que mi madre conoció no se parecía en nada a las bellas fotos que vi en los libros. Menos de un siglo atrás era tan hermoso como el tuyo. Cuando evacuamos la Tierra con la flota, mi madre tenía casi siete años. Sólo recuerda una bola ocre y abrasada, recorrida por ríos rojizos de lava que iluminaban la cara nocturna como venas inmundas. —Una furtiva lágrima rodó por su mejilla. Sentía el corazón atenazado por la tristeza. Naler no pudo evitar notarlo.
—Es una auténtica lástima. Pero a veces pasan cosas y no se puede hacer nada para impedirlo. Sufristeis una catástrofe terrible. Pero estáis empezando de nuevo y...
—Naler —lo interrumpió. Había un deje de ira en su voz—. No hables de lo que desconoces. No quiero ofenderte. En serio. Pero no tienes ni puñetera idea. No sabes lo que ocurrió.
—Perdona. Yo no quería... Lo siento.
—¿Quieres saber lo que sufrimos? ¿En serio? ¿Quieres saber por qué la Tierra es un infierno? ¿Por qué murieron cinco mil millones de personas en un instante y otros dos mil millones en los cinco meses siguientes? —La furia inundó su alma como una destructiva marea. El joven sintió cómo crecía dentro de su amiga, cómo desbordaba su corazón. Se asustó.

Los ojos de Mónica brillaban como si un fuego abrasador ardiese en su interior. Su cólera crecía sin límite, pero lo hacía hacia dentro. Hacia ella y hacia toda su raza. Miraba por la ventana cuando habló.

—La Tierra fue destruida por nuestra maldita culpa. Por nuestra avaricia, nuestro egoísmo sin límite, nuestra intolerancia y nuestro cinismo. Antes de la Catástrofe esquilmábamos los recursos del planeta sin medida y sin vergüenza. Nos fingíamos preocupados por la degradación del medio ambiente, pero nadie quería renunciar a las comodidades de su nivel de vida que disfrutaban en los países “civilizados”. Si morían niños de hambre, era en otro rincón olvidado del mundo; si subía el mar por el deshielo, amenazaba a islas desconocidas; si se perdían selvas enteras por las talas incontroladas, no era problema de nadie; si la basura flotante anegaba la mitad de un océano[1], ¿qué importaba? Sólo molestaba a los peces. Así que, ¿por qué preocuparse? La situación era insostenible tanto para la biosfera como para miles de millones de personas. El equilibrio se había roto y sólo hacia falta un empujón para precipitar el final.
“Siguiendo la misma filosofía, unos imbéciles podridos de dinero pensaron tan sólo en obtener aún más beneficios, no en los riesgos y las consecuencias de sus actos. Paralelamente, una caterva de iluminados vieron la oportunidad de provocar un desastre de tal magnitud que sumiese al mundo en el caos. Creyeron que ellos surgirían de las cenizas para instaurar un nuevo orden y ostentar el poder en nombre de sus dioses y de sus estómagos. Pero, ciegos a todo excepto a su propia gloria, no calcularon el alcance de sus acciones.
“La Tierra se convirtió en un infierno porque el dinero y el poder eran más valiosos que la vida. La extraordinaria biodiversidad que albergaba fue barrida de un plumazo por un margen empresarial, por obtener fabulosos dividendos. La humanidad fue aniquilada por la intolerancia de un grupo de fanáticos, tan obcecados por conseguir ser adorados sin vacilación, que para ellos el resto de la gente sólo era la masa obediente puesta en el mundo para servirles. ¡Un grupo que aprovechó la total falta de escrúpulos y de respeto de otro grupo al que sólo le importaba el beneficio que iban a obtener, al que sólo le interesaban las personas por lo que se podía sacar de ellas! ¡A aquellas sabandijas sólo les movía el dinero, el poder y la veneración a sí mismos…!
“… y la Tierra, las plantas, los animales y la gente lo pagaron con sus vidas… —Se le escapó un sollozo.

Naler se giró. Mónica tenía los ojos arrasados en lágrimas. Lágrimas de furia. La emoción era tan clara, tan intensa que el joven casi no pudo soportarla. Los humanos podían sentir con una fuerza tal que incluso llegaba a causar dolor a un vianhio. Su órgano empático no estaba diseñado para soportar aquella intensidad emocional. Mónica giró la cabeza hacia él. En sus ojos seguía brillando la furia, pero había algo más. En medio de las llamas que ardían en su mirada había un vacío negro, un pozo que emanaba algo oscuro y desgraciado. Algo que la joven siempre había mantenido a raya en el fondo de su mente. Pero, con las emociones a flor de piel por los acontecimientos recientes, el muro mental no pudo aguantar más y volcó su desagradable contenido.

Naler tardó sólo un instante en identificarlo. Y su corazón se encogió.

Culpa. Y desesperación.

—Por dinero y por poder... —susurró ella con un hilo de voz.

En aquel instante sus ojos se apagaron. Sólo quedaron las lágrimas que bañaban su rostro y una profunda tristeza. De repente parecía haber envejecido veinte años.

—No lo sabía... —Calló un instante. Entonces se irguió en el asiento. Usó toda su capacidad para proyectar emociones y la concentró en una sola: una inquebrantable determinación. Se giró hacia ella y la obligó a mirarlo. Su órgano empático, causándole a él un agudo dolor, taladró la mente de la joven.

—Pero no voy a permitir que sigas sintiéndote así. Tú no tienes la culpa de nada. No voy a dejar que esa tristeza inmensa que sientes, esa desesperación, siga consumiendo tu alma. Tú eres una persona íntegra y noble. No puedes culparte de las acciones de otros, por cínicas que fuesen. No te lo voy a consentir. ¡Te lo prohíbo! ¿Me oyes? ¡Pero si faltaban décadas para que nacieses! —Ahora eran los ojos del joven los que destellaban de coraje. La chica no pudo abstraerse a aquella mirada. La había agarrado y atenazaba su alma. Estaba haciendo que hasta la más íntima fibra de su ser se removiese y reaccionase.

—Nadie tiene derecho a culparse a sí mismo de la responsabilidad de otro, por el mero hecho de pertenecer al mismo bando.
“No fuisteis vosotros los que destruisteis la Tierra, sino algunos de vosotros. No fue la humanidad la responsable, sino algunos humanos. Y es posible que aún queden de ésos entre vosotros y algún día ocasionen problemas. Como podría pasar también entre nosotros. Pero, pase lo que pase, no serán los humanos o los vianhios los culpables. Serán algunos humanos o algunos vianhios. No lo olvides. A nosotros nos costó siete mil años aprenderlo. Y tuvo que ser un forastero quien viniese a enseñárnoslo.
—Pero es que…
—¡Pero nada! ¿A qué viene ese sentimiento de culpa? ¡Es absurdo! ¡Es… estúpido! ¡Tú ni siquiera has nacido en la Tierra, por favor! ¿Porqué arrastras esa carga que no te corresponde?
—Porque soy humana. Y porque soy... soy... responsable—masculló ella, llorando inconteniblemente.
—¿Responsable? ¿De qué puedes ser tú responsable? ¿De la Catástrofe, que ocurrió un siglo antes de que nacieses? ¡Por favor, Mónica! ¡No seas estúpida! ¿Por qué dices que eres responsable?—Naler estaba realmente enfadado. No podía entender las palabras de su amiga.

Pero Mónica no contestó. Se contenía a duras penas. Algo ocultaba.

—¡Contesta! ¡Dímelo!

Ella aguantó. Pero él sintió que estaba a punto de ceder. La presión de sus emociones crecía sin medida. Naler forzó al máximo su órgano empático. El dolor que eso le provocó hizo que su cabeza pareciese a punto de estallar.

—¡DÍMELO!
—¡PORQUE LO SOY, JODER!—explotó Mónica, dando puñetazos contra el asiento—. ¡PORQUE ARRASTRO LA RESPONSABILIDAD DE LA CATÁSTROFE! ¡PORQUE MI FAMILIA ES LA CULPABLE! ¡MI… MI MALDITO BISABUELO LO PROVOCÓ! ¡SU EMPRESA, SU AVARICIA Y SU FALTA DE ESCRÚPULOS MATARON A SIETE MIL MILLONES DE PERSONAS! ¿CREES QUE SE PUEDE VIVIR CON ESA CARGA? ¿CREES QUE ES POSIBLE OLVIDAR ALGO TAN ATERRADOR? ¿YA ESTÁS CONTENTO?—Lloraba sin control.

Naler enmudeció. Aquello sí que era completamente nuevo. Pero la puerta ya se había abierto. Era el momento de tirar del hilo y vaciar aquel agujero negro que habitaba el corazón de su amiga. No habría otra oportunidad. A pesar del dolor, se mantuvo firme.

—¿Tu bisabuelo? ¿Qué me estás diciendo?

Ella se secó los ojos con la manga, incapaz de contener el llanto.

—Mi bisabuelo era uno de los tres dueños y fundadores de una empresa de tecnología aeroespacial—contó entre sollozos—. Era un genio, que se graduó con notas excepcionales dos años antes de lo normal. Consiguió financiación y dos socios. Ganaron dos concursos promovidos por agencias espaciales y consiguieron suculentos contratos. En apenas diez años pasaron de trabajar en un viejo taller industrial de alquiler a poseer una de las corporaciones más avanzadas y poderosas del mundo. Los mejores ingenieros y científicos se peleaban por un contrato en aquella empresa.
“Un día se descubrió un asteroide, especialmente rico en elementos raros, que iba a pasar muy cerca de la Tierra. Pese a las prohibiciones internacionales al respecto, pese al riesgo, pese a las advertencias, decidieron desviarlo a una órbita terrestre y explotar sus recursos.
“A escondidas de todo el mundo, usando la avanzada tecnología que habían desarrollado, lo hicieron. Pero en el momento más crítico de la operación, cuando la última explosión debía estabilizar la órbita del asteroide, el puesto de control fue asaltado por un grupo de terroristas religiosos. Un grupo que, irónicamente, mi bisabuelo había contratado y financiado para conseguir los tres artefactos nucleares que necesitaba. Los fanáticos mataron a los técnicos del control y dejaron que la enorme roca se estrellase contra el planeta.
“Lo demás, ya lo conoces…

Naler sintió un gran cambio en la joven. Tal y como esperaba, el hecho de contarlo la había aligerado. Guardar aquel secreto emponzoñaba su alma como si una criatura inmunda extendiese sus repugnantes tentáculos sobre ella.

—¿Y cómo averiguaste todo eso? Porque eso es algo que estoy seguro que muy poca gente sabe.

Mónica hipó y negó con la cabeza.

—Nadie lo sabe. Yo soy la única. En uno de los objetos que mi familia salvó de la catástrofe, y que ha ido pasando de generación en generación, encontré una vieja memoria USB oculta. Nadie la había encontrado nunca. Tras muchos esfuerzos logré acceder a la información que contenía. Sólo había un video, de mi bisabuelo explicándolo todo. Destrozado por la culpa, la vergüenza y el arrepentimiento, pedía perdón a los que pudiesen sobrevivir. Sus últimas frases se me clavaron en el corazón.
—¿Qué decían?
—“Mi pecado es tan horrible que maldita sea toda mi descendencia por ello. Si alguien de mi sangre sobrevive, que lleve sobre su alma la responsabilidad, la vergüenza y la culpa de mis actos para toda la eternidad, porque algo así ya no tiene perdón…”—citó ella con un hilo de voz.

Naler se estremeció de horror ante la condena que aquel mensaje llevaba implícito. No le extrañó lo más mínimo que su amiga se sintiese así. Pero había ganado la batalla. Ya sabía por qué. Y sabía cómo. Aquello acababa allí, en aquel momento, en aquel lugar.

—Mónica.
—¿Qué?
—La vergüenza de tu bisabuelo es exclusivamente suya. Su culpa atenaza su alma, no la de sus descendientes. La maldición que lanzó era una forma de escapar al horror que corroía su corazón. Una forma de escapar a su conciencia, de cargar a los demás con su carga. Un último acto de cobardía e irresponsabilidad. Pero no tenía ni la talla moral ni la dignidad para poseer la potestad de determinar algo así. Ya has soportado suficiente tiempo algo que no te corresponde. Y se acaba aquí, hoy, ahora. Que cargue con su culpa por toda la eternidad. Es su responsabilidad y su maldición. Que se la quede.
—No puedo...
—Sí puedes.
—Naler… yo no…
—Que lleves su sangre no te convierte en culpable.
—Pero es mi…
—¡No! Basta ya. Si tú eres culpable también lo será Alexia. ¿Es eso lo que quieres para ella? ¿Quieres cargar a tu hija con eso que llevas? ¿Acaso la ves a ella culpable de algo?
—¡No! ¡Jamás! Ella no sabrá nunca nada. La culpa de mi bisabuelo morirá conmigo.
—La culpa de tu bisabuelo sobrevivirá. Pero no en ti ni en nadie. Lo atormentará a él por toda la eternidad. Por eso trató de cargarla en los demás. Porque sabía perfectamente que jamás va a descansar en paz.
—Ojalá fuese tan fácil…
—Lo es. Y te lo voy a demostrar.
—¿Cómo?

Por toda respuesta, Naler se quitó la máscara respiratoria. Mónica se quedó lívida. Aquella acción podía significar la muerte de su amigo. Se quedó congelada en el asiento, incapaz de moverse, ni de pensar. Instintivamente aguantó la respiración, para no contaminar el aire de la cabina. Intento fútil, pues llevaba casi una hora allí, hablando y respirando. No podía creer que se estuviese jugando así la vida por ella, por ayudarla. Las cadenas mentales de culpa que atenazaban su corazón se resquebrajaron.

Naler se giró hacia ella. La taladró con la mirada. Mientras inspiraba profundamente, para que no saliese aire potencialmente contaminado de su boca, susurró tres palabras.

—Yo te perdono.

Aquella frase penetró en el alma de la joven con tal ímpetu, con una fuerza tan desmesurada, que la inmunda bestia de tentáculos pegajosos que la atenazaba fue arrancada sin piedad.

Mónica no pudo resistirse. La nauseabunda sensación de culpa se disipó como si nunca hubiese existido, dejando tan solo un punto de luz que fue creciendo y la sumergió por completo en una paz suave y diáfana.

Naler, conteniendo la respiración, se volvió a colocar la máscara.

Allí, en aquella pequeña nave en medio del espacio, en aquella cabina estrecha, dos personas de dos especies distintas acababan de compartir un vínculo tan intenso y tan íntimo que sus almas se fundieron en una cálida unión. Los ojos de Mónica destellaron de alivio.

Naler observó de nuevo a Mónica. Desprendía una luz especial, una especie de aura que cambió su rostro y su cuerpo. La dignidad y el orgullo, reprimidos durante tanto tiempo se habían liberado de pronto y la habían convertido en una persona completa. Su sonrisa era en aquel momento más luminosa y franca que nunca. Mónica Llanos ya no era la misma mujer que había sido hasta unos instantes antes. Era un nuevo ser, con toda una vida de esperanza por delante.

Había conseguido hacer saltar el último sello que le impedía estar en paz con su conciencia y con ella misma.

*

—Estación de Tránsito Noralín. Aquí la nave de la Confederación Ereun, caza estelar clase Menloch de la Flota de Vian’har. Número de identificación 11/J15.277. Pido permiso para aproximación de atraque. Cambio.

La radio crepitó levemente.

Ereun, aquí Control de Vuelo Noralín. Identificación confirmada. Tiene permiso para atracar en hangar dos siete. Sus compañeros de la J. S. Elcano, de la Flota Colonial de Deméter los esperan allí. Bienvenidos. Cambio.
Ereun, recibido. Muchas gracias. Corto.

Mónica no dejaba de observar a su amigo. El alivio de haberse deshecho de la culpa se veía ensombrecido por la preocupación por su amigo.

—¿Te encuentras bien, Naler?
—Perfectamente.
—Eres un inconsciente. Mira que quitarte la máscara…
—Era la única manera de ayudarte.
—Pero podrías morir…
—Que así sea, pues. Yo sólo corro un riesgo. Tú, en cambio, te estabas muriendo sin remedio. Y no podía permitirlo.
—Pero no puedes pensar así, hacer las cosas de ese modo. Recuerda que tienes una familia. Una mujer que te ama. Unos hijos que te esperan. ¿Con qué cara podría mirarlos yo? ¿Te imaginas el sentimiento de culpa que tu muerte me ocasionaría? Todo habría sido en vano.
—A veces hay que hacer lo que se debe hacer, sin pensar en nada más. Si haces algo correcto, los demás encontrarán la manera de perdonarte. Créeme, experiencia de familia.
—En cuanto aterricemos te quiero en la Enfermería de Noralín. Sin discusiones. Recuerda que soy tu superior en esta misión.
—Sí, señora—respondió él, con ironía.
—Naler… No me provoques.
—Está bien, está bien. Iré en cuanto aterricemos.

Naler, sin embargo, no estaba nada tranquilo. Por suerte, Mónica no era vianhia y no podía percibir el miedo intenso que le atenazaba la boca del estómago. La imagen de su familia no abandonó su mente ni por un segundo. Si él moría, ellos sufrirían. Ya había sido muy duro superar la muerte de…

Sacudió la cabeza. No iba a morir. Y punto.

Pilotó la nave hacia el hangar asignado. Se encontraba al otro lado de la enorme estación de tránsito. Habían tardado algo menos de dos horas en llegar desde Vian’har. Mónica estaba visiblemente cambiada. Su rostro desprendía una nueva luz que la hacía aún más hermosa. Para animarla, el vianhio le cedió los mandos. La joven se lo agradeció y pilotó la ágil nave a través de los inmensos brazos que rodeaban la estación como una corona de espinas.

Había dos grandes cargueros acoplados a los brazos, pues su tamaño impedía que entrasen en los hangares. Eran dispositivos parecidos a los fingers de los antiguos aeropuertos terrestres, que conectaban la terminal con los aviones para que los pasajeros pasasen de la una a los otros. Pero los de Noralín tenían un tamaño cincuenta veces mayor. No sólo pasaban por ellos pasajeros. También se usaban para tareas de carga y descarga y para repostar las enormes naves que atracaban en ellos.

Dio la vuelta a la estación, de tres kilómetros de diámetro, en menos de un minuto. Se sentía pletórica. Las últimas veinticuatro horas habían sido un rosario de dichas. Y todo gracias a su buen amigo. Enseguida llegaron al hangar veintisiete. La compuerta estaba abierta y el campo de contención activado. Era una espaciosa sala de cuarenta metros de alto, cuatrocientos de hondo y doscientos de ancho. Habrían cabido cómodamente casi treinta naves como la Elcano.

Al acercarse la vieron estacionada a su derecha. Había algunas naves de distintos tamaños en el hangar, pero estaba casi vacío. La joven echó un vistazo a su querida embarcación. Aunque su aspecto exterior era más parecido al de un montón de chatarra, mezclada con cierta gracia, que al que debería presentar una de las naves más robustas, fiables y eficaces de la flota, sentía verdadera pasión por ella. Cada vez que se sentaba en el sillón del piloto y cogía los mandos en sus manos la inundaba un orgullo indescriptible, casi tan intenso como el que sentiría una madre por un buen hijo. Y ahora, además, era suya. Aún no se hacía a la idea.

Mónica maniobró la pequeña nave con elegancia y precisión y atravesó el campo de contención justo por el centro. Activó rápidamente los repulsores para contrarrestar la gravedad artificial y extendió los trenes de aterrizaje. Justo al lado de la nave exploradora había un sitio reservado. Inclinó ligeramente el caza y éste se desplazó suavemente de costado, sin usar los impulsores de maniobra. Efectuar movimientos sólo con los repulsores requería una exquisita habilidad. No había muchos pilotos capaces de ello. Naler sonrió complacido.

Cuando estuvo sobre el lugar deseado, redujo paulatinamente la potencia del sistema repulsor y la nave se posó en el suelo metálico con la delicadeza de una pluma. Mónica era un piloto excepcional, no cabía ninguna duda. Y con la Elcano era aún mejor.

Naler abrió la carlinga y extendió la escalerilla. Bajaron los dos de la nave y estiraron el cuerpo con gran placer.

Un grupo de técnicos del personal de cubierta se acercó rápidamente para realizar las tareas habituales en el caza, mientras el jefe de sección hablaba con Naler, por si había algo que debían mirar con especial atención. Mónica lo miró con severidad y él se despidió rápidamente del técnico y caminó presuroso hacia la Enfermería.

Mientras tanto, todos los de la Elcano se acercaron a la carrera a ella. Se abrazaron a Mónica y le dieron la bienvenida. Todos notaron algo raro en la joven, algo nuevo y positivo, pero lo achacaron al hecho de haber visto a su hija. Sólo Li se dio cuenta de que había algo más, algo que no sabía explicar. Lo que sí sabía era que ese “algo” nuevo hacía que su mujer pareciese más bella, radiante y feliz que nunca. No la veía así desde el día en que dio a luz y cogió a Alexia en brazos por primera vez.

—¿A dónde va Naler con tanta prisa?—preguntó Luar.
—No se encuentra muy bien. Y le he ordenado que vaya inmediatamente a la enfermería. Quiero tenerlo al cien por cien cuando entremos en Whania Rum.
—¿Algo grave?
—No…—contestó ella, sintiendo que el nudo de preocupación de su estómago se apretaba más. Como vio un brillo de suspicacia en los ojos del veterano vianhio, desvió rápidamente la atención hacia otro tema—. ¿Habéis cuidado bien de mi nave?

El descarado énfasis que imprimió a aquel “mi” no pasó desapercibido para ninguno. La miraron risueños. Vale que ella amaba aquel cascarón… pero de ahí a considerarla suya. Tal y como ella esperaba, Erin, tan burlona como siempre, no dejó escapar la ocasión.

—¿Tu nave? ¿Te refieres a esa nave DE la Confederación? —Siempre que Mónica usaba un pronombre posesivo con la Elcano, ella se burlaba amistosamente.
—No—contestó, aguantándose la risa—. Me refiero a esa nave que hace tres horas la Confederación ME ha dado en propiedad.

Una foto de la cara de los cinco pasó, desde ese día, a incluirse en el Diccionario, junto a las definiciones de “estupor”, “asombro” y “estupefacción”. Incluso Erin, por primera vez desde que la conocía, no pudo articular palabra.

Cuando por fin pudieron reaccionar, Mónica los puso al corriente de la visita de los tres consejeros en el hangar de la Colonia. También les ofreció a todos un puesto permanente en la tripulación. Nada de estar a las órdenes de la burocracia. Por supuesto, aceptaron. Aunque con ciertas limitaciones. Li era el responsable directo del Osiris. Y Luar y Annevar tenían obligaciones en Vian’har. Pero se comprometieron a volar en la Elcano siempre que Mónica los requiriese. En cuanto a su marido, no hacían falta explicaciones. Sabía que podía contar con él para lo que fuese. Klaus y Erin, por su parte, ni se lo pensaron. No podían imaginar un lugar mejor en el que trabajar. Ni una jefa mejor. Al ser Mónica la dueña de la nave, ya no serían tripulantes. Serían una familia. No había sueño mejor. Los dos jóvenes se abrazaron, dando saltitos de alegría.

La intuición de Mónica se disparó cuando captó una mirada fugaz entre Erin y Klaus. Sonrió. Algo pasaba entre aquellos dos. Y se alegró. Erin se dio cuenta de la mirada divertida de Mónica y enrojeció hasta las orejas, mientras una bonita sonrisa aparecía en sus labios. Se encogió de hombros levantando un poco las manos y ladeó la cabeza mientras sonreía. El gesto universal de “¿…y qué le vamos a hacer?”. Mónica no pudo por menos que reírse, caminó hacia la joven, la abrazó y le susurró al oído:

—Me alegro mucho. De hecho me preguntaba por qué tardabais tanto, atontados. Si se veía a un año luz que os comíais con la mirada. Te deseo mucha suerte... La vas a necesitar con un tío tan grande.
—No te preocupes. Soy pequeña pero puedo dominarlo sin problemas. Aunque no lo parezca, soy más peligrosa que él —contestó ella también al oído. Ambas se rieron de buena gana.
—¿Puedo preguntar a qué responde ése buen humor, bellas damas? —dijo Klaus en ése momento. No se había dado cuenta de nada, por supuesto. Estaba seguro de que su recién estrenada relación con Erin había pasado desapercibida. Y casi tenía razón. Sólo lo sabían dos: la Confederación y el resto del Universo.

—¡Oh, nada trascendente!—exclamó divertida Erin.
—Eso. Sólo hablábamos de... controlar fuerzas indomables—secundó Mónica aguantándose la risa.
—O tentáculos insistentes... —murmuró la joven, lo suficientemente alto para que su amiga lo oyese, pero nadie más. Las dos estallaron de nuevo en carcajadas, mientras Klaus se alejaba con cara de suficiencia.
—Mujeres... Estáis todas locas.

El resto de la tarde pasó entre las extensas explicaciones que tuvo que dar Mónica de su escapada a la Colonia y de su hija, las risas que ocasionó la aventura gastronómica de Naler, la donación de la Elcano y el vuelo a Noralín. Por su parte, ellos le explicaron que la prueba de larga distancia del SRB había sido un éxito. Estaban preparándolo todo para partir al día siguiente y empezar la tan esperada cartografía del paso de Whania Rum. Las bodegas de la Elcano ya estaban cargadas con todo el material solicitado.

Fénix, por su parte, estaba en el Disco de Lemáh, la enorme y relativamente densa formación gaseosa que rodeaba Darun, la estrella del sistema Yun Thal. Mientras realizaban el mapa del paso, el oberón se quedaría tranquilamente paseando por el sistema. También necesitaba su propio espacio e intimidad. Ante la preocupación de Mónica a causa de los piratas Naderios, Luar le informó que la Comandancia de la estación se había ofrecido con entusiasmo a velar por la seguridad del extraordinario animal. Estaban encantados de tener a aquella fascinante y famosa criatura tan cerca y de poder compartir experiencias con él. Habían mandado una nave de carga para que estuviese lo más cerca posible del oberón, sin molestarlo. También habían intensificado la vigilancia de los satélites sensores para prevenir cualquier incursión no deseada. Ante la menor amenaza, la nave de carga lo recogería y saltaría con él a un lugar seguro. La tripulación de la embarcación estaba compuesta por un piloto con una hoja de servicios intachable, su copiloto y una científica que había trabajado con los demás en la Colonia durante la recuperación de Fénix.

Con aquellas referencias, Mónica se quedó mucho más tranquila. En aquel momento se le ocurrió otra de sus ideas descabelladas. Pero no comentó nada. Quería madurarla y hablarlo con Max, a ver si él lo consideraba factible. Aunque, en aquel caso, quizá sería rizar demasiado el rizo…

Naler regresó justo después de la cena. Ante la mirada interrogativa y preocupada de Mónica, aseguró que se encontraba perfectamente.

Tras prepararlo todo, cenar y efectuar las últimas revisiones, se fueron a dormir. Los siete tenían habitaciones reservadas. Luar y Annevar dormirían en una; Klaus y Erin en otra, si es que lograban dormir, claro; Mónica y Li compartirían una tercera. Y Naler dormiría sólo. Aquello entristeció a la joven. Después de todo lo que había hecho por ella, no le parecía justo que tuviese que dormir sólo, sin su familia. Sabía por experiencia lo amargo que resultaba estar lejos de aquellos a los que amabas. Pero ella no podía hacer nada al respecto.

Un problemático dilema se asentó en su corazón. Deseaba con toda su alma estar con Li y hacer el amor con él toda la noche. Era lo que le faltaba para sentir su vida completamente plena aquel día. Pero una pequeña parte de ella también deseaba pasar la noche con Naler, no para intimar, sino simplemente para hacerle compañía en agradecimiento por toda la ayuda que le había prestado. No era que se estuviese enamorando del joven, en absoluto. Eso lo tenía claro. Adoraba a Li. Pero el reciente vínculo con el piloto era tan profundo, limpio y gratificante que la perturbaba. Y verlo sólo encogía su corazón de pena. En aquel momento comprendió que, de no haber estado casada con Li, podría haber caído sin remedio en los brazos de su amigo.

Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos de su mente, aunque no pudo evitar la preocupación. En cuanto lo encontrase a solas, le preguntaría por su salud.

Se concentró en disfrutar del agua caliente que corría por su cuerpo desnudo en la ducha. El cálido líquido se llevó con él los últimos restos de su anterior desesperación, haciendo que se sintiera definitivamente limpia, feliz y en paz.

Salió de la ducha, se secó y se echó en el cuello dos gotas de un perfume tan suave y etéreo que apenas se podía percibir. Asomó la cabeza por la puerta del baño con cautela. Li, que ya se había duchado antes, estaba sentado al lado de la cama, vestido sólo con un slip. Tenía una delgada tableta en las manos, mientras repasaba las acciones del día siguiente. Mónica cruzó la puerta en silencio, desnuda, y caminó hacia él sigilosamente. Li ni siquiera se dio cuenta de que su mujer estaba detrás de él hasta que una mano apareció de la nada y le quitó la pantalla. Con la otra mano la joven le tapó los labios. Dejó la pantalla sobre la mesa, cogió con dulzura pero con firmeza la mano del sorprendido y sonriente hombre y lo tumbó boca arriba en la cama.

Se colocó a horcajadas sobre él, se quitó la cinta que amarraba su cabellera y se inclinó para besarlo. Su brillante cabello, húmedo y oscuro, se derramó por la almohada como una cascada hecha de noche, mientras se besaban con avidez. Las manos de él recorrían la piel de terciopelo de la joven, acariciándola con suavidad pero con vehemencia. La chica pudo sentir claramente entre sus piernas la buena disposición de él. Dejó de besarlo en la boca y empezó deslizar sus labios por el cuerpo de su compañero, bajando lentamente por el cuello, el pecho y el vientre.

—Vaya... Te veo muy animada. Te ha sentado bien ver a la niña... —jadeó él, dejando notar en su voz la excitación que sentía.

Ella interrumpió un momento su recorrido por el cuerpo de su marido y lo miró a los ojos. Pensó divertida que Li no tenía ni la más remota idea de lo bien que le había sentado aquel viaje con Naler. Una sonrisa traviesa asomó en sus labios. Sus ojos brillaban de anticipación y picardía.

—No puedes ni imaginarte hasta qué punto estoy animada —susurró con una voz peligrosamente sensual.

Y reanudó su exploración labial por la piel de Li.

Él suspiró y se abandonó al placer cuando ella le bajó el pequeño trozo de tela que cubría su pubis.

*

Al día siguiente, los siete se reunieron puntualmente en la rampa de acceso a la nave. Luar, Annevar y Naler tenían cara de haber descansado muy a gusto, aunque en los ojos de éste último se podía adivinar una sutil nostalgia. Klaus y Li estaban de un humor excelente. Sonreían, hacían chistes y trabajaban con alegría, aunque presentaban unas sospechosas ojeras. Por su parte, Mónica y Erin, también algo ojerosas, parecían flotar. Se miraban con una expresión divertida y descarada, y se sonrojaban al momento, sonriendo con complicidad. Hacían verdaderos esfuerzos por aguantar la carcajada cada vez que veían la cara de tontos de sus parejas. O cuando las agujetas les jugaban una mala pasada. Por lo visto, la noche anterior el ambiente había estado muy animado y se había dormido más bien poco. Por casualidad, las habitaciones de las dos parejas eran contiguas y parecía ser que la pasión desatada en ellas había podido con la insonorización de las paredes.

En el momento en que las dos estuvieron a solas, en la cubierta inferior de la Elcano, se miraron con complicidad. Mónica levantó sonriente una ceja y Erin se encogió levemente de hombros.

—Si sigues desplegando tanta energía para controlar... fuerzas indomables —dijo suavemente Mónica con un tonillo irónico en la voz—, vamos a tener que aumentar la ración de comida de Klaus... y el aislamiento de las paredes.

Erin se sonrojó hasta las orejas. No había sospechado hasta entonces que su amiga había escuchado la alegría con que se habían entregado ella y Klaus a disfrutar el uno del otro. Pero se recuperó enseguida. Tenía una carta escondida.

—Creo que anoche no fui la única que puso a prueba el aislamiento... —Levantó las cejas con picardía y la miró desafiante—. Por lo visto tienes un gran don de lenguas y una mano firme para manejar situaciones que se vuelven cada vez más... rígidas.

Esta vez fue Mónica la que sintió encenderse sus mejillas. La muchacha le había devuelto magistralmente su pequeña burla. Ambas bajaron la mirada ligeramente avergonzadas y se dedicaron durante unos momentos a lo que estaban haciendo, en silencio. Al poco, se miraron de soslayo. Y ya no pudieron aguantar más. Rompieron a reír hasta que les faltó el aire.

—¡Vaya con la pequeñita, la energía que desata! —articuló Mónica a duras penas cuando recuperó precariamente el aliento.
—¡Pues la mamá treintañera parecía a punto de romper las láminas del colchón! —respondió Erin, con la misma dificultad. Y se rieron aún con más ganas.
—Creo que deberíamos velar más por la seguridad de ésos dos pobres. Otro par de noches así y los matamos... —La muchacha se secó los ojos y sacudió la cabeza. Se rodeó el vientre con los brazos. Le dolían los músculos de tanto reír.
—Oye, cuando aprieta, aprieta. ¿Qué le vamos a hacer? —Mónica se encogió de hombros y se apartó el cabello de la cara tratando de mostrar un mínimo de dignidad.

Poco a poco se fueron calmando. Acabaron su trabajo como pudieron y salieron de la nave para ultimar los detalles. La pícara sonrisa que lucían en sus labios al salir de la cubierta inferior no se borró de sus caras en todo el rato. Y así, con aquel buen ambiente, las dos naves despegaron y abandonaron Noralín rumbo hacia el paso de Whania Rum. Rumbo a hacer historia.

*

—Ahí está el paso. Por fin.
—Sólo dos naves han conseguido llegar al otro lado. Pero sus pilotos nunca han dicho cómo lo hicieron.
—¿Y eso por qué? —Preguntó Erin sorprendida.

Por toda respuesta, Luar se encogió de hombros.

—Bueno. Eso ya no importa. Estamos aquí para hacer historia. Y es lo que vamos a hacer —afirmó Li con aplomo.
—¡Adelante! —corearon todos al unísono.

Erin y Mónica se dieron cuenta de que Naler se había retirado un par de pasos. Tenía la vista fija en el exterior, a través de la ventana de estribor. En su rostro había una expresión indefinida. Las dos cruzaron una mirada de preocupación y se acercaron a él. Erin se colocó a su izquierda y le cogió la mano. Mónica se situó al otro lado y le pasó el brazo por la cintura. Sabían que algo entristecía al joven, pero ninguna dijo nada. Se limitaron a mostrarle su apoyo y amistad con el contacto físico. Él sonrió levemente, agradecido.

—Ahí, en alguna parte, está mi hermano... —La voz salía de su garganta con dificultad, como si un nudo la atenazase.

Las dos mujeres se estremecieron como si una mano helada oprimiese sus corazones. Aquellas siete palabras revelaban un hecho tan irreversible, tan definitivo, que enmudecieron.

—Fue hace varios años. Ya lo he aceptado —siguió explicando. Su voz se volvió más serena—. Cuando decides dedicar tu vida al espacio, aceptas que la muerte se convierte en tu más fiel compañera de viaje. Todos conocemos los riesgos. Y los asumimos.

Sonrió con nostalgia. Soltó la mano de Erin y estrechó a las dos chicas contra sí.

—Era dos años menor que yo. Pero yo parecía el hermano pequeño. Selar era un gigantón alegre y bonachón. Más alto y bastante más corpulento que yo. Siempre estaba de buen humor. Nunca usaba su gran fuerza para intimidar a nadie, ni para imponer su voluntad, a menos que alguien se pasase de la raya. Fuera donde fuese la gente siempre se acercaba a él. Hacía amigos en todas partes, sin proponérselo. Y explicaba unos chistes buenísimos. En la Flota todos lo queríamos. Siempre veía el lado positivo de las cosas.
“Pero también era un testarudo integral. Varios compañeros le deben la vida. Cuando se trataba de ayudar a alguien, no le importaba nada, ni su propia seguridad. Jamás abandonó a nadie...

Exactamente igual que alguien que yo me sé…”, pensó Mónica.

La emoción empezaba a embargar al joven. Tuvo que callar un momento.

—¿Qué pasó?—preguntó Erin con un hilo de voz. Mónica se estremeció. Naler miró a la muchacha con cariño. Luego, giró la cabeza hacia la ventana y se irguió ligeramente. Su mirada cambió. Dejó de ser triste y nostálgica. En sus ojos brillaba un profundo orgullo.
—Estaban escoltando un convoy de tres cargueros cerca de aquí. Los naderios aparecieron de repente y atacaron, con unos diez cazas. Los nuestros disponían de seis cazas de escolta y una nave de transporte de tropas. La batalla fue larga. Como sabéis, los naderios son excelentes pilotos y bravos guerreros. Pero al final consiguieron ahuyentar a los piratas. Ni ellos ni nosotros perdimos ninguna nave. En cuanto los escudos caían, se retiraban.
“Mi hermano pilotaba uno de los cazas. Protegía a la nave de transporte, que estaba sin escudos, de los dos últimos Naderios. Consiguió que huyeran. Uno de los piratas disparó por última vez, al parecer por error. Pero su rayo impactó contra la nave de transporte. Aún no se sabe cómo, pero el sistema de navegación se bloqueó y los motores se activaron a su máxima potencia. La embarcación se precipitó a toda velocidad hacia Whania Rum. La tripulación no podía recuperar el control de la nave. Desesperados e impotentes, vieron como se abalanzaban contra la Barrera.
“Selar no lo dudó ni un instante. Se lanzó tras sus compañeros. Los demás trataron de seguirlo. Era imposible que los alcanzaran. Habían ido en persecución del resto de piratas y estaban demasiado lejos.
“La cuestión es que no se sabe qué pasó exactamente. Los ocupantes de la nave accidentada contaron que, de repente, los motores laterales volaron. Después recibieron un tremendo impacto y la embarcación se dio la vuelta. El motor que aun funcionaba la propulsó fuera del paso, de regreso al espacio abierto, donde la rescataron. Lo último que vio uno de los tripulantes, que logró levantarse y mirar por la ventanilla, fue una fugaz visión del caza de mi hermano, prácticamente destrozado. Se alejaba a gran velocidad girando sobre sí mismo, a la deriva, hacia el interior de Whania Rum.
“Nunca lo encontramos...

En aquel momento, Mónica comprendió la críptica frase que el joven había pronunciado en el caza, al llegar a Noralín.

Créeme, experiencia de familia…


Los tres permanecieron de nuevo en silencio. Cuando Naler giró la cabeza, se percató de que todos los demás lo miraban. Lo habían escuchado todo. Se acercaron al joven y lo rodearon. Fue Luar quien rompió el hielo.

—Recuerdo que tu hermano recibió honores de héroe. Toda la Flota le rindió homenaje en su funeral. Y recuerdo también que sus compañeros se amotinaron. Estaban dispuestos a peinar Whania Rum al precio que fuera para encontrarlo. El comandante de la Flota habló personalmente con ellos. Consiguió convencerlos a duras penas de que ya no se podía hacer nada, que era inútil sacrificar más vidas.
—Sí que le costó... Pobre hombre. Sentía la misma rabia e impotencia que los demás, pero no podía permitir más muertes—confirmó Naler. Él había sido el primero en amotinarse para ir a buscar a Selar.
—Pero hay algo que no sabes —dijo Luar suavemente—. Mi hijo iba en la nave de transporte. Y nunca le podré agradecer a tu hermano habérmelo devuelto con vida.

*

El SRB funcionaba a la perfección. La Elcano navegaba por el interior del paso con total seguridad. Whania Rum era una anomalía en la Barrera, un agujero insólito, arremolinado y tortuoso que atravesaba una de las estribaciones del Muro.

El paso tenía una longitud de casi tres años luz. Describía una trayectoria sinuosa que cambiaba constantemente de grosor. Había varios túneles secundarios. Algunos regresaban al paso principal, en tanto que otros estaban ciegos. Y, por si fuera poco, había filamentos extendidos entre las paredes y grumos de distintos tamaños, todos de la misma sustancia extraña que componía la Barrera, flotando por todas partes. Era una auténtica carrera de obstáculos. Si se sumaba el hecho de que, hasta entonces, no se podían obtener datos de las distancias, no era de extrañar que fuese prácticamente imposible cruzarlo.

Cualquier nave que intentase la ruta tenía dos posibilidades. Podía viajar con los motores subluz, navegando a ojo. Sin tropezarse con ningún grumo o filamento y sin introducirse en ningún túnel secundario, tardaría cuatro o cinco años en llegar al otro extremo. Eso con mucha suerte. La otra opción era avanzar a base de saltos cortos en el hiperespacio. Pero el problema es que durante un salto no se puede variar el rumbo. Además, se está fuera del espacio normal y no se puede obtener ninguna información de él. Navegando a hipervelocidad, una nave puede atravesar cualquier astro, excepto los agujeros negros. Pero si roza la Barrera o alguna de sus formaciones, aunque sea levemente, la embarcación es arrancada del hiperespacio y devuelta a la dimensión normal, quedando a la deriva y sin energía dentro de la tenue nebulosidad azul.

El sensor de Max acababa de cambiar aquello para siempre.

La Elcano viajaba por el paso sin apenas dificultades, realizando saltos cortos y precisos. El SRB barría con su haz la Barrera por delante de la nave. Luego, el ordenador interpretaba los datos del dispositivo y creaba una reproducción virtual tridimensional de precisión exquisita hasta la siguiente curva. Hasta medio millón de kilómetros de distancia, el sensor ofrecía una resolución de dos o tres metros. A partir de aquel punto iba perdiendo gradualmente su precisión. A diez millones de kilómetros era de unos trescientos metros. Y a cien millones, subía hasta doscientos cincuenta kilómetros. Su alcance máximo era de medio año luz, límite en el cual la resolución no bajaba de los treinta mil kilómetros.

A efectos prácticos de navegación, la posibilidad de captar detalles de treinta mil kilómetros de diámetro a medio año luz de distancia se podía considerar de una precisión absoluta. Era una tolerancia casi despreciable.

Cuando el ordenador mostraba en pantalla el mapa, con las paredes, los filamentos y los grumos excepcionalmente detallados, sólo había que encontrar la línea recta más larga entre las formaciones, llevar la nave hasta el punto de origen de la ruta con los motores subluz, orientarla y efectuar un salto corto, de una duración calculada con exactitud, para salir del hiperespacio en el punto de destino, con un buen margen de seguridad. Luego, el SRB volvía a trazar otro mapa de otra sección del paso y el proceso se repetía.

Aunque era mucho más corto explicarlo que hacerlo. Incluso con el sensor, había muchos obstáculos y a veces era difícil encontrar un rumbo adecuado. Además, la Elcano no sólo trataba de llegar al otro lado de Whania Rum. La tripulación creaba mapas con los datos del SRB, adaptaba la escala, realizaba observaciones y anotaciones en ellos, hacía copias en todos los formatos oficiales, recababa información...

Y realizaban una última tarea, una de suma importancia. Además de los mapas, buscaban los puntos estratégicos dentro del paso y colocaban boyas de navegación. Las dos bodegas principales de la nave contenían más de quinientas de aquellas boyas, de dos metros de largo, alimentadas por un generador nuclear. Cada vez que posicionaban una, la nave debía detenerse. Tardaban alrededor de dos horas en preparar cada dispositivo. Había que asegurarse que no derivaba, calibrarla, programarla y comprobar las señales. Programaron las balizas dividiéndolas en dos clases: las de salto, que emitían una señal subespacial de corto alcance, específica para cada una. Esta señal transmitía el número de identificación y diversos datos relativos a rumbos, distancias y tiempos. La idea era que, cuando se llegaba a una de estas boyas, se sintonizaba la señal de la siguiente. Así era posible conocer el rumbo a seguir y la distancia hasta la nueva boya, lo que permitía calcular con precisión el siguiente salto.

 El segundo tipo eran las boyas de tránsito, que emitían señales de radiofaro convencionales y destellos luminosos, visibles a una distancia considerable. Estas boyas se usaban para marcar una ruta segura a través de los grumos y los filamentos. Debido a la peculiar morfología del gigantesco corredor, los tramos en los que se podía navegar a hipervelocidad no estaban alineados entre sí. Entre la boya final de un tramo y la inicial del siguiente podían mediar algunas decenas de millones de kilómetros. Esa distancia debía cubrirse navegando por el espacio convencional, esquivando los obstáculos formados por los grumos y los filamentos. Y ahí entraban en escena las boyas de tránsito, marcando con precisión el camino más seguro entre dos tramos de hipervelocidad. Los tripulantes de la Elcano habían sido, además, lo suficientemente cuidadosos como para instalar las boyas de salto en lugares que estuviesen libres de obstáculos en, al menos, cien milllones de kilómetros a la redonda. De ése modo se garantizaba un buen margen de maniobra para que las naves, que emergían de una ventana a muy alta velocidad, no se encontrasen con una sorpresa inesperada.

Como la Elcano no navegaba entre boyas, sino que era ella la que abría camino, el viaje se hizo largo y pesado para la tripulación. Cuando el sistema estuviese comprobado y en marcha, atravesar Whania Rum sería cuestión de ocho o nueve horas, volando en todos los tramos en el nivel de energía más bajo e incluyendo los tiempos de descanso de la maquinaria. Estos tiempos, además, no se perdían, sino que se usaban en volar de una hiperboya a la siguiente con los motores subluz. Volando al diez por ciento de la velocidad de la luz, el tránsito más largo duraría unos cincuenta y cinco minutos.

Rodear el saliente de la Barrera en que se hallaba incrustado el paso, y el territorio Naderio, obligaba a las naves a realizar al menos tres saltos. Desde Yun Thal, que era el sistema más cercano a Tilán a éste lado de Whania Rum, el recorrido era de casi nueve años luz en total. Es decir, un carguero grande que forzase al máximo su sistema en los tres saltos y que respetase únicamente el tiempo mínimo de regeneración del hipermotor, tardaría entre nueve y diez horas en completar la ruta. Eso si lograba llegar a su destino sin averiar gravemente la hiperpropulsión, pues en esas condiciones de uso era más que probable. A lo que había que sumar la amenaza pirata durante las dos terceras partes del recorrido y el hecho inevitable de que, para completar el trayecto en tres saltos, el primer descanso debía realizarse más allá de las fronteras del territorio de la Confederación, con los riesgos que ello conllevaba. Las naves acostumbraban a recorrer la ruta Yun Thal—Tilán viajando al nivel más bajo en el primer y tercer saltos; el segundo impulso, que los acercaba a las proximidades del Sistema Nader, se realizaba en el segundo e incluso en el tercer nivel.

Y eso era porque, aunque la tecnología militar naderia era inferior a la confederada, poseían algo que la Confederación no tenía y contra lo que no había defensa conocida: unos dispositivos capaces de detectar naves en el Hiperespacio y arrancarlas de allí para poder asaltarlas.

Lo habitual era tardar entre veinte y veintitrés horas en cubrir el trayecto Yun Thal—Tilán en su totalidad. Quedaba patente la importancia de transformar el laberinto de Whania Rum en un paso seguro. Se reducía notablemente el tiempo, la distancia y la amenaza de ataques por parte de los naderios. Algunos capitanes muy osados elegían a veces una peligrosa ruta desde Yun Thal, que los llevaba a través del Sistema Nader, rozando la Barrera, hasta un punto en la misma frontera del territorio de la Confederación. Allí aguardaban durante tres horas a que el hipermotor se estabilizase y saltaban directamente hasta el Sistema Morganyr, donde permanecían seguros y a cubierto. Después sólo era cuestión de efectuar el último tramo hasta el Sistema Tilán, o dejar la carga en Morganyr para otra nave, y emprender el viaje de regreso.

Así que allí estaban los siete tripulantes de la Elcano, cartografiando, catalogando y balizando el estratégico paso día tras día. Tardaron diez días en llegar a lo que suponían era la mitad del túnel. La tarea era algo tediosa, pero el resultado de sus esfuerzos les resultaba de lo más gratificante, pues eran conscientes de la importancia de lo que estaban haciendo. Cuando acabasen, serían los primeros en probar los recorridos balizados, en el viaje de vuelta.

Podrían haber trabajado por turnos todo el tiempo y habrían acabado antes. Pero ellos no funcionaban así. En aquel lugar desconocido y peligroso era mejor que estuviesen todos alerta. Así que trabajaban con esmero durante diez o doce horas. Después detenían la nave en un lugar seguro y descansaban todos juntos hasta el día siguiente. Bueno, los que descansaban, porque había cierta pareja de recién enamorados que dormir, lo que se dice dormir, dormían poco. Pero como al día siguiente no disminuían su rendimiento, no había nada que reprocharles. De todas formas, en caso de haber mostrado cansancio durante la jornada laboral, ¿quién se hubiese atrevido a decirles que moderasen sus impulsos amorosos?

Mónica y Naler, como eran los dos mejores pilotos a bordo, se alternaban para gobernar la nave. Luar y Li se encargaban de gestionar el gran volumen de información que llegaba desde los sensores de la nave y del SRB. Por su parte, Erin, Klaus y Annevar, enfundados en tres ST-99, se dedicaban a instalar, calibrar y programar las boyas. Lo hacían por rotación, una pareja cada vez, de forma que, de cada tres balizas, cada uno de ellos había participado en la instalación de dos.

Mónica, por fin, había podido hablar con Naler sobre su visita a la Enfermería en Noralín. La alivió sobremanera saber que los médicos, tras las pruebas y un tratamiento preventivo, habían descartado cualquier contaminación biológica. Ella, gracias a la precaución de su amigo de no respirar mientras estaba sin máscara, no se había visto expuesta.

Cuando Naler pilotaba, Mónica se dedicaba a sus habituales rondas de inspección. Fue en una de esas cuando reparó en algo que le había pasado por alto las veces anteriores. Al entrar en la bodega de estribor, de la que ya habían retirado un gran número de boyas, se percató que la tapa de un panel de control acoplado a la pared tenía un agujero y estaba muy abollada. Antes no lo había visto porque los dispositivos allí amontonados lo tapaban.

Se acercó al panel, fastidiada. Seguro que algún idiota le había dado un golpe con algo en Noralín, mientras cargaban las boyas. Y, en vez de avisar, se había callado y lo había escondido. Esperaba que no se hubiese averiado nada.

Vanas esperanzas. Cuando consiguió abrir la deformada tapa del panel soltó una maldición. Era una de las tres bases de circuitería electroóptica que controlaban el emisor del rayo de tracción de proa, que también cubría las bandas de babor y estribor. En el centro de cada base había un cristal hexagonal alargado, de color rojo. A través de él y de los otros dos circuitos, a babor y a proa, se canalizaba y redirigía la potente energía que alimentaba al rayo tractor, concentrándola en el cristal tetraédrico del centro del proyector de torreta, que era el que emitía finalmente el rayo de fuerza.

Fuese lo que fuese lo que había agujereado el panel, había penetrado lo suficiente como para hundir el cristal en la base. La placa, formada por delgadas láminas cristalinas unidas por un polímero orgánico, se había partido en tres trozos. Y el cristal estaba rajado a lo largo. Tenían recambio para el cristal, pero no para la base.

Cerró la portilla con un violento manotazo. Estaba muy irritada. Se habían quedado sin rayo tractor. Sólo les quedaba el de popa, pero ése era fijo, sólo para remolcar. No lo necesitaban para aquel trabajo. Pero esa no era la cuestión. El motivo de su enfado era que ella procuraba mantener a la Elcano en perfecto estado, con todos sus sistemas en funcionamiento y todas las revisiones escrupulosamente al día.

Y entonces alguien rompía algo, quien sabe si por accidente o por negligencia. Eso no la irritaba. Cualquiera podía meter la pata. Lo que de verdad la enfurecía era que el muy imbécil, en vez de avisar cuando se podía reparar la avería fácilmente y sin mayores consecuencias, se había callado como si temiese que fueran a matarlo, había escondido la avería y se largó tan tranquilo, dejando que la sorpresita apareciese días después, en medio de la nada y sin posibilidad de reparación inmediata. Estaba tan furiosa que, de haber tenido al responsable delante de ella en aquel momento, le hubiese retorcido el cuello.

Airada y frustrada, salió de la bodega como un ciclón y caminó hacia su camarote. Entró en la habitación, sin ni siquiera el consuelo de poder dar un buen portazo tras de sí. Los camarotes estaban equipados con compuertas automáticas de doble hoja. Necesitaba desahogarse, liberar aquella cólera de alguna manera. Como romper algo no solucionaría nada y, además, tendría que recoger luego los fragmentos, se desnudó violentamente, arrojando encolerizada las piezas de ropa sobre la cama. Luego se metió en la ducha y dejó que el agua caliente corriese por su cuerpo. Al apoyar las manos en la pared curva, recordó que estaban hechas de un material blando y elástico, para evitar accidentes. Una sonrisa maliciosa asomó en sus labios. Entonces descargó toda su ira y su frustración a puñetazos contra el esponjoso revestimiento. Veinte minutos después jadeaba de agotamiento, pero se había calmado completamente. Se relajó bajo el chorro de agua cinco minutos más, salió de la ducha, se envolvió en una toalla y se sentó en la cama. Miró las prendas arrojadas de cualquier manera. Excepto la ropa interior, se iba a vestir de nuevo con lo mismo, así que no se preocupó en recogerlo. En vez de ello, miró por la ventana. Allí fuera estaban dos de sus compañeros colocando otra boya más con la ayuda del manipulador mecánico.

La nave poseía un brazo robótico, articulado y extensible hasta cincuenta metros. Estaba montado en un soporte instalado en medio del casco, tras la torreta del láser de prospección. Al igual que ésta, el soporte se desplazaba sobre un raíl que daba toda la vuelta a la nave, a lo ancho, de forma que el brazo se podía situar en cualquier punto y llegar a cualquier lugar de la embarcación. Con ayuda de este dispositivo sacaban las boyas de las bodegas y las colocaban en su lugar. Luego era el brazo el que les devolvía a la esclusa de aire más próxima. De aquella manera no gastaban ni una gota del combustible que usaban los propulsores de maniobra de los trajes. Había muchas boyas por colocar y hubiese sido un fastidio y una verdadera pérdida de tiempo repostar los trajes tras cada salida. Además, si había un accidente, el ocupante tenía a su disposición una reserva completa de combustible para tratar de llegar a la nave por sus propios medios, o para facilitar las tareas de rescate a sus compañeros. De todas formas, Mónica había insistido en que se atasen al brazo articulado con un cable retráctil adosado a su espalda, por si acaso.

Cada dos o tres horas se tomaban un respiro. Hacia lo que sería el mediodía, paraban alrededor de una hora para comer. Aunque llevaban raciones preparadas, preferían cocinar ellos su propia comida. Corrían rumores de que en una de las fábricas orbitales de Megger, los científicos habían conseguido desarrollar una tecnología muy novedosa para la alimentación en el espacio. No se conocían los detalles, pero parecía ser que conseguía deshidratar completamente el alimento, reduciendo increíblemente su tamaño. Esto no era en sí una novedad, pues ya se había conseguido antes. Lo extraordinario era que podía invertir casi por completo el proceso, rehidratando de nuevo la comida con una precisión de casi el cien por cien. Es decir, que un filete deshidratado volvía a tener el mismo aspecto jugoso y las mismas propiedades que el original, una vez rehidratado. Y se podía usar tanto en alimentos crudos como en platos preparados.

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[1] En el Pacífico Norte, arrastrada por las corrientes marítimas mundiales, se ha ido acumulando una gigantesca cantidad de residuos flotantes (alrededor de 100 millones de toneladas), en su mayoría plásticos, procedentes de todos los continentes. La conocida como “Isla de Basura”, “Vórtice de Basura” o “Gran Parche de Basura del Pacífico”, en 2.009 tenía el tamaño de Australia. (N. del A.)

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